A veces el clima de nuestra vida es placentero. Un torrente de cálida luz alumbra nuestro camino, el viento parece acariciar nuestros cabellos y las noches estrelladas llegan sin ningún sobresalto.

De pronto, vientos tempestuosos nos sacuden y anuncian la llegada de una gran tormenta, acompañada de lluvia y devastación a su paso. Otras veces el desierto parece atraparnos en medio de la sequía y un inhóspito medio.

Inevitablemente, nos vemos atrapados por el frío del invierno, las lluvias del verano o la escasez del otoño.

¡Cuán trágica sería nuestra vida si dependiéramos sólo del clima! O pudiéramos decir: de las circunstancias por las que atravesamos.

Envueltos, como a quien arrastra una ola, nos vemos sumergidos y ahogados por nuestro alrededor. Las cuentas por pagar, el trabajo que hacer, la situación familiar, el entorno social. Nadie, nunca, tendría paz en la cotidianidad.

En cambio, para nosotros hay esperanza, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Aunque estemos en comodidad, nuestro reposo es Jesús. Si estamos en tribulación, nuestro refugio es Dios, si hay sequedal la sed es saciada por nuestro buen Dios.

Por eso dice la sabiduría bíblica: el que mira el viento no sembrará y el que mira la lluvia no segará. Si miramos cuáles son las condiciones que nos rodean, entonces quedaremos horrorizados al darnos cuenta de que no tenemos ninguna posibilidad de avanzar o hacerle frente a nuestra realidad.

Como una excelsa poesía, el Dios de los cielos nos recuerda que si nos detenemos en nuestras circunstancias estaremos vencidos antes de si quiera comenzar la batalla. En cambio, si lo vemos a Él, si miramos sus promesas, si nos aferramos a su voluntad (no a nuestros deseos) Él nos hará más que vencedores porque la cosecha no dependerá de las inclemencias del tiempo, sino de la veracidad e inmutabilidad de Dios. Si Él ha dicho que será hecho, así será, así que debemos asegurarnos que caminamos la senda segura que son sus mandamientos y su palabra.

Cada momento conlleva en sí mismo la posibilidad de acercarnos más a Dios. Jesús es una persona, está viva y podemos entablar una conversación con Él en todo momento. Así que afinemos nuestros oídos para aprender a escucharlo a través de su palabra y agudicemos nuestros ojos para mirar a través de la fe nuestra vida.

Y ¿ver las nubes? Sólo para asombrarnos de la belleza de nuestro Creador.

Categorías: Fe

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