Siempre hay pequeños a nuestro alrededor, bebés, niños o adultos que actúan como esos niños. Convivir con ellos no siempre resulta muy conveniente para sus cuidadores porque a veces estos pequeños son inquietos, traviesos, demandantes y en muchas ocasiones mal portados. Aunque todo es compensando cuando con sus ocurrencias, sus gracias y su ternura nos alegran el día.
Un ser humano entre más pequeño, más vulnerable es y por esto que ponemos todo nuestro empeño en satisfacer sus necesidades básicas tal como comida, techo y descanso. Podemos dejar la vida en ello y hacemos grandes sacrificios para que nuestros hijos obtengan lo mejor siempre.
Sin embargo, hay otras necesidades de las que no estamos consientes y que pueden ocupar el lugar más importante en sus vidas. Las necesidades espirituales y del alma.
Nuestros hijos tienen la necesidad interna de conocer a su Creador y Salvador para tener una relación con él. Y al igual que cualquier otra persona ellos en su alma quieren ser escuchados, comprendidos y aceptados, además de ser respetados y queridos. Nosotros como adultos demandamos ser atendidos pero, la diferencia es que pocos son los niños que tiene la capacidad de expresar sus pensamientos y emociones. Empeora la situación cuando estamos llenos de actividades y el tiempo de platicar se queda rezagado con las clases, la tarea y las actividades deportivas. Si fuese un clóset sería como esa caja aventada hasta el final que nadie ve hasta el día de la limpieza profunda y que en nuestros casos ya es tarde para usar.
Además de todo esto nuestros hijos están expuestos a una gran cantidad de información que muchas veces no pueden filtrar a causa de su desarrollo y en muchísimos casos aumentan las mentiras que creen y las acrecientan.
¿Quién de nosotros no se creería el feo del grupo o el tonto? ¿Quién no ha sentido que no encaja en algún lado? ¿Quién no se siente incomprendido algunas veces? Pues nuestros pequeños son expuestos a circunstancias parecidas y a veces son presos de esos sentimientos y experiencias. Y es ahí donde nuestra participación adulta como maestros, guías y ayudas son para ellos fundamentales, porque si no somos nosotros quién lo hará.
Es en la infancia donde las situaciones dolorosas echan raíces, las mentiras hacen nido y dejan huella. Es en donde los niños escuchan cosas como: no sirves para nada, eres feo, eres tonto, un estorbo. Y aunque como padres, tutores o abuelos a veces no lo decimos si actuamos de esa manera.
No nos referimos a someternos al señorío de un dictador párvulo, sino a reconocer que tenemos la capacidad, el derecho y deber de participar en la formación de nuestros hijos para darles identidad. Un hijo sin Dios y sin identidad estará a la deriva de cualquiera que le diga quién o qué es.
Por eso debemos atender al mandamiento que nos dejó El Señor Jesús: Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Mateo 18:10
Una manera práctica de apreciar a nuestros pequeños será el de aplicar otro mandamiento: Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas. Mateo 7:12.
Así que todo lo que te hubiera gustado que hicieran contigo de niño, así haz tú con los que niños que están cerca de ti.
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